—Hablaba contigo —le confesó a Mateo en la ambulancia—. Imaginaba que estabas sentado a mi lado y te contaba historias. Así no me volvía loco.
Mateo apretó su mano.
—Yo sabía que no te habías despedido.
Javier volteó hacia la ventana para que su hijo no lo viera llorar.
Daniela recibió la llamada de don Ernesto casi dos horas después.
Primero creyó que era una broma cruel.
—Señora, su esposo está vivo. Ya va camino al Hospital General.
Daniela dejó caer el teléfono.
Patricia estaba en la cocina.
—¿Qué pasó?
Daniela tardó varios segundos en poder hablar.
—Javier… está vivo.
Patricia se quedó blanca.
—No.
—Está vivo, Patricia.
Doña Rosa salió del cuarto al escuchar los gritos. Cuando entendió, se llevó las manos al pecho.
—Yo sabía… yo sabía que mi hijo no podía haberse ido así.
Las tres llegaron al hospital casi al mismo tiempo.
Mateo estaba sentado en una banca, cubierto con una cobija térmica. Tenía lodo hasta las rodillas, una cortada en la mejilla y el talón lastimado.
Daniela corrió hacia él.
—¿Dónde estabas? ¡Me morí del miedo!
Después lo abrazó tan fuerte que el niño casi no pudo respirar.
—Fui por papá.
Esa frase hizo que todos guardaran silencio.
Patricia bajó la mirada.
Una hora más tarde salió el cirujano.
—El señor Hernández está grave, pero estable. Tiene deshidratación severa, hipotermia, una fractura abierta en la tibia derecha con infección y una fractura cerrada en la pierna izquierda. Ya iniciamos antibióticos. Va a necesitar cirugía y una recuperación larga.
Daniela se cubrió la boca.
—¿Va a vivir?
—Sí. Llegó muy justo, pero llegó.
Doña Rosa empezó a rezar en voz baja.
Patricia se dejó caer en una silla y rompió a llorar con una desesperación que no había mostrado ni frente al ataúd vacío.
—Lo enterramos vivo —repetía—. Dios mío, lo enterramos vivo.
Mateo la miró.
No había enojo en su cara.
Eso hizo que Patricia se sintiera peor.
Dos días después pudo entrar a ver a su hermano.
Javier tenía tubos, suero y una estructura metálica sujetando la pierna derecha. Estaba pálido, pero despierto.
Patricia se quedó en la puerta.
—Perdóname.
Javier frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Yo convencí a todos de hacer el funeral. Le dije a mamá que tenía que aceptar. Le dije a Daniela que dejara de esperar. Y… —miró a Mateo, que hacía tarea junto a la ventana— en el panteón dije que tu hijo era frío. Que no tenía corazón.
Javier guardó silencio.
Patricia comenzó a llorar otra vez.
—Él fue el único que no se rindió contigo.
Mateo levantó la cabeza.
—Tía, tú pensabas que papá estaba muerto.
—Sí, pero no debí hablar así de ti.
El niño se encogió de hombros.
—No pasa nada.
Patricia soltó una risa rota entre lágrimas.
Javier la observó.
—Los adultos creemos que entender algo significa tener razón. Mateo no entendía de pruebas, corrientes ni reportes. Solo me conocía.
Daniela, sentada al otro lado de la cama, tomó la mano de su esposo.
—Yo también sentía que algo no cuadraba.
—Pero todos te convencimos de lo contrario —admitió Patricia.
La investigación policial se reabrió solo para reconstruir los hechos y corregir el expediente. El investigador que había sostenido la hipótesis del ahogamiento fue al hospital personalmente.
—Señor Hernández, le debo una disculpa.
Javier negó con la cabeza.
—Con lo que encontraron, yo también habría pensado lo mismo.
—Su hijo no.
El hombre miró a Mateo.
—Tuviste más intuición que todos nosotros juntos.
Mateo respondió con sencillez:
—Mi papá siempre se despide.
La frase corrió entre médicos, paramédicos y familiares.
Para los demás era una historia sorprendente.
Para Mateo era solo lógica.
Javier permaneció dos meses y medio hospitalizado. Le practicaron varias cirugías para controlar la infección y salvar la pierna. Durante semanas no pudo ponerse de pie.
Mateo lo visitaba después de la escuela.
Hacía la tarea junto a la cama mientras Javier dormía.
A veces hablaban.
A veces no.
Una tarde, Javier le preguntó:
—¿No te dio miedo ir solo?
Mateo pensó un momento.
—Sí.
—¿Entonces por qué seguiste?
—Porque todos estaban llorando por ti y tú estabas en algún lugar esperando.
Javier cerró los ojos.
—Nunca vuelvas a hacer algo tan peligroso sin avisar.
Mateo sonrió.
—Entonces no vuelvas a desaparecer.
Fue la primera vez que ambos se rieron desde el accidente.
Daniela no lo tomó tan bien al principio.
Durante semanas despertaba de madrugada para comprobar que Mateo seguía en su cama. Le compró un teléfono sencillo y le hizo memorizar números de emergencia. También discutió varias veces con Patricia, no por el funeral, sino por haber juzgado a Mateo.
—Tenía ocho años y acababa de perder a su padre —le reprochó—. ¿Cómo pudiste llamarlo desalmado?
Patricia no se defendió.
—No pude ver más allá de mi propio dolor.
Esa respuesta no borró lo sucedido, pero cambió algo entre ellas.
A finales de enero, Javier volvió a casa con muletas.
Los vecinos lo recibieron como si hubiera regresado de otro mundo.
Su antiguo compañero de ambulancia, Rubén, lo abrazó en la puerta.
—Te lo advierto, hermano. Si vuelves a desaparecer, primero te encuentro y después te golpeo.
Javier soltó una carcajada.
La recuperación duró meses.
Primero caminó con dos muletas.
Después con una.
Luego con bastón.
La casita de San Miguel del Llano fue reparada en primavera. Javier no quiso venderla, aunque Daniela no soportaba verla.
—No quiero que ese lugar sea donde casi morí —dijo—. Quiero que vuelva a ser donde mi hijo me encontró.
Reforzaron la bodega, construyeron una escalera nueva y colocaron una tapa metálica. Don Ernesto aparecía de vez en cuando para revisar el trabajo y llevar café de olla.