PARTE 2
A las cinco y media de la mañana, Mateo se levantó sin hacer ruido.
Su mamá dormía en el sofá, Patricia en un catre de la cocina y la abuela con el rosario entre las manos.
Mateo se puso jeans, una sudadera, una chamarra azul y unas botas de hule demasiado grandes que encontró junto a la puerta. Guardó dos manzanas, una linterna vieja y salió.
No tenía celular.
Tampoco conocía la ruta completa.
Solo recordaba un puente, una gasolinera roja y una parada de autobús. Desde ahí, su padre tomaba una terracería hasta San Miguel del Llano.
Doce kilómetros.
Para un adulto no parecía demasiado.
Para un niño de ocho años, bajo el frío, el lodo y el miedo, era otra cosa.
Mateo caminó casi tres horas. Un tráiler lo empapó al pasar. Se perdió en una bifurcación, una bota le abrió el talón y se comió las manzanas sobre un tronco mojado.
Entonces recordó la voz de Javier cuando le enseñaba a controlar el miedo.
“Inhala, campeón. Exhala. Primero respiras. Luego piensas.”
Mateo regresó a la bifurcación y tomó el otro camino.
Cuando vio el techo verde detrás de los árboles, empezó a correr.
La casa estaba húmeda y silenciosa. Mateo empujó la puerta y entró.
—¿Papá?
Nada.
Revisó la cocina, el cuarto viejo de su abuelo y la pequeña sala.
—¡Papá!
Silencio.
Entonces notó que la puerta trasera estaba entreabierta.
Detrás había una bodega semienterrada. Una pared de ladrillo se había vencido, la tapa estaba desplazada y varios escalones habían desaparecido.
Mateo se asomó.
Abajo solo había oscuridad.
—¿Papá?
La primera vez no oyó nada.
La segunda creyó escuchar un raspón.
La tercera, desde cuatro metros abajo, salió una voz rota, seca, casi irreconocible.
—¿Mateo… eres tú?
El niño soltó la linterna.
Y entonces lloró.
Lloró todo lo que no había llorado en el funeral. Lloró por su mamá, por su abuela, por el ataúd vacío y por los nueve días en que todos le dijeron que aceptara la muerte de su padre.
—¡Papá! ¡Estás vivo!
—Agua… hijo. Primero agua.
Mateo corrió hasta una bomba manual en el patio, llenó medio balde y lo bajó con una cuerda. Escuchó a Javier beber, toser y volver a beber.
—Mis piernas están mal —dijo su padre desde el fondo—. Necesito una ambulancia.
Mateo miró alrededor.
No había teléfono.
Salió corriendo por el camino y golpeó puertas. Las primeras casas estaban cerradas porque casi todos los propietarios solo iban los fines de semana.
En la última vivienda vio humo.
Don Ernesto Salgado, un campesino jubilado de setenta y nueve años, abrió y encontró a un niño empapado y temblando.
—Mi papá está atrapado en una bodega. Lleva nueve días ahí. Tiene las piernas rotas.
Don Ernesto no perdió tiempo.
Tomó un viejo celular, llamó al 911 y siguió a Mateo hasta la casa.
Cuando iluminó el fondo de la bodega, se quedó helado.
Javier estaba vivo.
Pero su pierna derecha estaba deformada, tenía fiebre y apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Aguanta, muchacho —dijo don Ernesto—. Ya vienen.
Javier cerró los ojos.
—Si tardan mucho… dígale a mi esposa que…
Mateo se arrodilló junto a la abertura.
—No. Tú mismo se lo vas a decir.
A lo lejos comenzó a escucharse una sirena.
Y lo que Javier revelaría sobre aquellos nueve días cambiaría por completo todo lo que su familia creía haber entendido.