Hay quienes pasan toda su vida en un mismo lugar.
Y hay quienes encuentran su hogar en diferentes rincones del mundo.
Ninguna de esas vidas es automáticamente mejor que otra.
Cada persona tiene su propio camino.
Y quizá lo más importante no sea llegar a un destino determinado, sino asegurarnos de que el camino que elegimos realmente nos pertenece.
Al día siguiente regresé al aeropuerto.
Antes de subir al avión, mi madre me llamó.
—¿Llegaste bien?
—Todavía no he despegado.
—Entonces escucha a tu madre.
—Te escucho.
—No esperes a cumplir otro año para empezar a vivir lo que todavía deseas.
Me quedé en silencio.
Aquella frase me acompañó durante todo el vuelo.
Miré por la ventana.
Debajo de mí aparecían pequeñas ciudades, carreteras y casas.
Desde aquella altura, todos parecían diminutos.
Y pensé en cuántas personas estarían allí abajo viviendo historias completamente diferentes.
Algunas estarían enamorándose.
Otras estarían criando hijos.
Quizá alguien estaría comenzando un nuevo trabajo.
Quizá otra persona estaría intentando reconstruirse después de una pérdida.
Y tal vez alguien estaría sintiéndose exactamente como yo me había sentido alguna vez: creyendo que había llegado demasiado tarde.
Entonces sonreí.
Porque ahora sabía algo que antes no entendía.
La vida no es una lista de cosas que debemos conseguir antes de cierta edad.
No existe una fecha límite universal para amar.
Ni para empezar de nuevo.
Ni para cambiar de rumbo.
Ni siquiera para descubrir quiénes somos.
Soy piloto.
Hoy cumplo un año más.
No tengo marido ni hijos.
Y durante mucho tiempo pensé que debía disculparme por ello.
Ya no.
Tengo sueños cumplidos, personas que amo, recuerdos que me acompañan y todavía tengo muchos capítulos por escribir.
Quizá algún día comparta mi vida con alguien.
Quizá llegue una familia de una manera que todavía no puedo imaginar.