Siempre imaginé que el día que cumpliera un año más, estaría rodeada de risas infantiles y los abrazos de mi pareja.

Siempre imaginé que el día que cumpliera un año más, estaría rodeada de risas infantiles y los abrazos de mi pareja.

PARTE 1 — EL CIELO SE CONVIRTIÓ EN MI HOGAR Siempre imaginé que el día de mi cumpleaños sería diferente. Durante años pensé que llegaría una mañana en la que despertaría junto a la persona que amaba, escucharía las risas de mis hijos por la casa y terminaría el día rodeada de una familia que hubiera construido con el paso del tiempo. Pero la vida tenía otros planes para mí. Hoy cumplo años sentada en la cabina de un avión, con el uniforme perfectamente colocado y las manos descansando sobre mis piernas mientras observo el cielo a través de la ventana. Soy piloto. Y aunque amo profundamente mi profesión, algunas veces me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera tomado otro camino. Desde pequeña sentía una fascinación especial por los aviones. Mientras otras niñas soñaban con profesiones diferentes, yo podía pasar horas mirando cómo aquellas enormes máquinas desaparecían entre las nubes. Mi padre solía llevarme al aeropuerto cuando podía. —Algún día tú vas a estar ahí arriba —me decía señalando un avión que despegaba. Yo me reía. —¿Yo? ¿Pilotando? —Sí. ¿Por qué no? Nunca olvidé aquellas palabras. Cuando crecí y decidí convertir mi sueño en una profesión, no todos reaccionaron de la misma manera. Algunos me dijeron que era demasiado difícil. Otros aseguraban que aquella carrera exigiría demasiado sacrificio. Incluso hubo quienes pensaron que una mujer debería pensar primero en casarse y formar una familia. Pero yo quería volar. Estudié durante años, madrugué incontables veces, cometí errores, volví a intentarlo y aprendí a mantener la calma incluso cuando las cosas no salían como esperaba. El día que conseguí mi certificación, mis padres estaban allí. Mi madre me abrazó tan fuerte que durante unos segundos olvidé todo el cansancio. Mi padre solamente me miró con los ojos llenos de orgullo. —Te lo dije —susurró—. Algún día estarías ahí arriba. Y lo había conseguido. Pero ningún sueño viene sin sacrificios. Con el tiempo llegaron los vuelos largos, los cambios de horarios, los viajes inesperados y las fechas importantes celebradas lejos de casa. Y también llegaron las despedidas. Una relación terminó porque mi pareja estaba cansada de esperar. Otra persona apareció en mi vida, pero nuestros horarios nunca coincidían. Una cena se convirtió en un vuelo. Un fin de semana juntos terminó siendo una escala en otra ciudad. Y poco a poco, sin darme cuenta, mi vida comenzó a dividirse entre el cielo y todo aquello que había dejado en tierra. Hasta que llegó este cumpleaños. Y por primera vez me hice una pregunta que llevaba años evitando: ¿Cuánto de mi vida había entregado para poder cumplir mi sueño?