PARTE 2
Antes del amanecer, la habitación se convirtió en una escena de investigación. Julián Ríos, un exespecialista en comunicaciones militares que ahora trabajaba para clientes privados, desmontó el dispositivo bajo una lámpara mientras Ricardo observaba sin parpadear.
—Es un emisor direccional de alta frecuencia —explicó—. Produce sonidos que la mayoría de los adultos ya no escucha, pero que para un niño pueden ser insoportables. Provoca dolor de cabeza, náusea, pánico y desorientación. Tiene un temporizador programado para activarse a las tres durante veinte minutos.
También señaló la cámara.
—Graba video y transmite a un equipo cercano. Quien hizo esto quería ver la reacción.
El doctor Herrera, obligado a regresar, palideció al comprender que había confundido una agresión física con una fantasía infantil.
—Sus síntomas sí corresponden a trauma acústico —admitió.
—Usted dijo que mis hijas inventaban todo —contestó Ricardo—. Váyase.
Cuando quedaron solos, Verónica recordó el origen del peluche.
—Lo trajo su hermana Susana. Venía en una caja blanca. Dijo que lo habían fabricado especialmente en Europa y les pidió que durmieran con él todas las noches porque “las protegería”.
Ricardo se negó a aceptar que su propia hermana pudiera hacer algo así. Al principio culpó a una organización rival que llevaba semanas disputándole rutas de transporte. Reunió a sus hombres y ordenó prepararse para una guerra.
Verónica entró al despacho sin ser invitada.
—Va a atacar a las personas equivocadas.
Todos la miraron como si hubiera firmado su sentencia.
—Sus enemigos habrían buscado un golpe rápido —continuó—. Esto fue lento, paciente y preciso. Alguien conocía la rutina de las niñas, podía entrar sin ser revisado y necesitaba demostrar que usted era incapaz de cuidarlas.
Entonces Ricardo recordó el fideicomiso de su esposa fallecida, Daniela. Ella había dejado sesenta millones de pesos para Camila y Renata. Si las niñas eran declaradas incapaces o si Ricardo perdía la custodia, la administradora sustituta sería Susana.
El domingo, Susana llegó a comer vestida de crema, sonriente y afectuosa. Al ver el oso destruido, sólo perdió el control durante un segundo. Después fingió horror y sugirió que Verónica podía haber colocado el aparato para extorsionar a la familia.
—¿Cuánto sabes realmente de esta mujer? —preguntó a su hermano—. Fue auxiliar de enfermería. Tiene conocimientos médicos. Ella encontró el dispositivo y destruyó el juguete que podía probar su origen.
La duda apareció en los ojos agotados de Ricardo.
Esa noche, Susana decidió quedarse en la casa. Verónica esperó hasta que todos durmieran, entró al cuarto de huéspedes con una llave maestra y encontró una tableta escondida dentro del colchón.
Probó la fecha de nacimiento de las gemelas, la contraseña afectuosa que Susana usaba para todo, y la pantalla se abrió.
En una carpeta llamada “Monitoreo” había 847 notificaciones, registros de activación a las tres de la mañana y decenas de videos de las gemelas gritando. Cada archivo incluía notas: “Aumentar frecuencia”, “Mejor respuesta”, “Sujeto A muestra agotamiento”, “Mantener el programa”.
Cuando Verónica salió al pasillo, Ricardo estaba frente a su puerta y Susana apareció detrás de él acusándola de robo.
—Registren su habitación —exigió Susana.
Verónica sacó la tableta de debajo de su almohada.
—Sí, entré a su cuarto —admitió—. Pero no robé joyas. Encontré la prueba de quién ha estado torturando a sus hijas.
Ricardo abrió el primer video.
Y al escuchar la voz grabada junto a la puerta del dormitorio, comprendió que la traición era todavía peor de lo que imaginaba.