Siempre imaginé que el día que cumpliera un año más, estaría rodeada de risas infantiles y los abrazos de mi pareja.

Siempre imaginé que el día que cumpliera un año más, estaría rodeada de risas infantiles y los abrazos de mi pareja.

Había un cambio en el vuelo.

Tenía que trabajar.

Cuando llegué a la cita, ya era demasiado tarde.

La persona que me esperaba había dejado una pequeña caja sobre la mesa.

Dentro había un regalo y una nota.

“Entiendo que tu trabajo es importante. Pero también quiero sentir que yo lo soy.”

Aquella frase me dolió más que cualquier discusión.

Intenté arreglar las cosas.

Pero algunas distancias no se pueden medir en kilómetros.

Pasaron los meses y la relación terminó.

No hubo grandes peleas.

No hubo culpables.

Solo dos personas que querían cosas diferentes en momentos diferentes.

Yo quería seguir volando.

La otra persona quería construir una vida con más presencia y estabilidad.

Y ambas cosas eran válidas.

Años después, conocí a alguien más.

Esta vez pensé que quizá sería distinto.

Intentamos organizar nuestras vidas.

Yo cambiaba turnos cuando podía.

Él esperaba cuando tenía que hacerlo.

Nos esforzábamos.

Pero nuevamente apareció aquella misma dificultad.

Mi profesión no solo me llevaba a otras ciudades.

También me llevaba lejos en momentos importantes.

Cumpleaños.

Navidades.