—Los resultados definitivos están listos.
Ya no pude permanecer en silencio.
—¿Qué resultados?
Daniel se dio la vuelta. Cuando me vio, su rostro se volvió completamente blanco.
—¿Laura? ¿Cómo…?
—¿Qué le está pasando a nuestra hija?
El médico nos pidió que nos sentáramos.
Resultó que tres semanas antes, Daniel había notado un pequeño crecimiento oscuro en la espalda de Emma. El pediatra la había remitido urgentemente a un especialista. Sospechaban que se trataba de una enfermedad cutánea rara y peligrosa.
Mientras esperaban los resultados de las pruebas, Daniel tenía que limpiar la zona afectada cada noche con una solución medicinal especial. Esta provocaba una ligera sensación de ardor, y por eso Emma lloraba.
—¿Por qué no me lo dijiste? —sollocé.
Daniel bajó la cabeza.
—El año pasado perdiste dos embarazos. Cuando el médico me dijo lo que sospechaba, recordé cómo me suplicaste en el hospital que no te diera más malas noticias hasta que estuvieran confirmadas. Pensé que podría cargar solo con esto durante unos días.
—¿Y por qué Emma decía que era un secreto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Le pedí que no te hablara de la medicina. Quería protegerte. Pero no comprendí lo aterrador que todo esto podía parecer desde tu perspectiva.
No podía mirarlo.
Las sospechas más oscuras ya habían invadido mi mente, mientras él soportaba completamente solo, noche tras noche, el miedo de perder a nuestra hija.
El médico colocó un documento sobre la mesa.
—El crecimiento es completamente benigno. Su hija no corre peligro. La marca debería desaparecer dentro de unas semanas.
Daniel cerró los ojos y, por primera vez delante de mí, comenzó a llorar en voz alta.
Me acerqué y lo rodeé con mis brazos.
Cuando regresamos a casa aquella noche, entramos juntos en la habitación de Emma. Dormía abrazando su conejo de peluche con ambos brazos.
Daniel le besó la frente y susurró:
—Ya no te dolerá más, cariño.
Tomé su mano.
Desde aquel día, no volvimos a tener secretos en nuestro hogar.
Y siempre bañábamos juntos a Emma.