—Vanessa está embarazada —dijo Grant mientras se acomodaba los puños del traje que yo le había ayudado a comprar—. Así que ahora ya sabemos quién era el problema.

—Vanessa está embarazada —dijo Grant mientras se acomodaba los puños del traje que yo le había ayudado a comprar—. Así que ahora ya sabemos quién era el problema.

PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA FUE UN SIMPLE SHERIFF.

Me quedé mirando aquella copia durante varios minutos.

El nombre de Grant aparecía claramente en la parte superior.

La fecha correspondía a casi cuatro años atrás.

Es decir…

 

Él conocía el resultado desde mucho antes de que empezáramos los tratamientos más dolorosos.

—Esto no puede ser real —susurré.

Elias no respondió de inmediato.

Se levantó.

Sirvió dos tazas de café.

Después dejó una frente a mí.

—El laboratorio confirmó la autenticidad cuando comenzó la investigación.

Levanté lentamente la vista.

—¿Qué investigación?

Elias apoyó ambas manos sobre la mesa.

—El administrador de esa clínica vendía historiales médicos privados.

—Alteraba resultados a cambio de dinero.

Sentí un escalofrío.

—¿Grant pagó para cambiar mis estudios?

—No.

Negó lentamente con la cabeza.

—Pagó para esconder los suyos.

El café comenzó a temblar entre mis manos.

Durante seis años…

Todas aquellas inyecciones.

Las cirugías.

Los tratamientos hormonales.

Las lágrimas después de cada prueba negativa.

Las palabras de mi suegra.

“Una mujer completa le da hijos a su marido.”

Todo había sido construido sobre una mentira.

—¿Por qué me enseñaste esto ahora?

Elias respiró profundamente.

—Porque ya eres libre.

Guardé silencio.

Él continuó.

—Mientras seguías casada, cualquier decisión te habría parecido una venganza.

—Ahora puedes elegir con la verdad.

Aquella misma semana viajé a Boston.

El especialista revisó todos mis expedientes.

Repitió cada estudio.

Después de dos días de pruebas, entró en el consultorio con una carpeta gruesa.

Sonrió antes incluso de sentarse.

—Señora Collins…

—Sus ovarios funcionan.

—Su útero está sano.

—Su reserva ovárica es excelente para su edad.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Entonces…

El médico asintió.

—Usted nunca fue el problema.

Lloré durante varios minutos.

No por tristeza.

Por alivio.

Por primera vez en seis años alguien dejaba de mirarme como una mujer defectuosa.

Regresé a Cedar Hollow decidida a empezar de nuevo.

Pero Elias parecía haber tomado otra decisión.

Una tarde llamó a mi puerta.

Llevaba un sobre azul.

—Quiero hacerte otra propuesta.

Lo miré sorprendida.

—No es lo que imaginas.

Dentro había documentos médicos.

Programas de fertilidad.

Contratos de confidencialidad.

Y el nombre de un instituto que jamás había oído mencionar.

—¿Qué es esto?

—Un programa experimental.

—Trabajan con algunos de los mejores especialistas reproductivos del país.

Lo observé sin comprender.

—¿Por qué tendrían interés en mí?

Elias sonrió apenas.

—Porque hice una llamada.

—¿Quién eres realmente?

Era la primera vez que formulaba aquella pregunta.

Él permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió con absoluta tranquilidad.

—Un hombre que todavía puede conseguir que ciertas personas contesten el teléfono.

Seis meses después…

Escuché dos latidos.

Fuertes.

Perfectamente sincronizados.

La doctora levantó la vista de la pantalla de ultrasonido.

—Felicidades.

—Son gemelos.

Me llevé ambas manos al rostro.

No podía dejar de llorar.

Fuera del consultorio me esperaban cuatro especialistas.

Un genetista.

Un obstetra de alto riesgo.

Un cardiólogo fetal.

Y una enfermera coordinadora.

Todos conocían mi nombre.

Todos parecían conocer también a Elias.

Cada vez que él aparecía en el hospital, los directores salían personalmente a recibirlo.

Yo seguía creyendo que simplemente respetaban a un antiguo sheriff.

Hasta que una mañana, mientras esperaba una consulta, vi a Grant entrar al edificio acompañado por Vanessa.

Ella ya tenía un embarazo muy avanzado.

Grant caminaba sonriendo…

Hasta que vio a Elias conversando con el director médico.

El director le estrechó la mano con evidente respeto.

Después aparecieron dos médicos mundialmente reconocidos para saludarlo.

Grant dejó de caminar.

Su rostro perdió todo el color.

Se volvió hacia una enfermera.

—¿Quién… quién es ese hombre?

La enfermera lo miró sorprendida.

—¿No lo sabe?

Grant negó lentamente.

La mujer sonrió.

—Ese no es solo el antiguo sheriff de Cedar Hollow.

—Es el doctor Elias Ward, fundador del instituto que financia este hospital… y el hombre que lleva veinte años decidiendo qué investigaciones de fertilidad reciben cientos de millones de dólares en financiación.

El café que Grant sostenía cayó al suelo hecho añicos.

Y por primera vez desde nuestro divorcio…

Comprendió que había subestimado al único hombre que jamás debió tener como enemigo.

Next »
Next »