—Espera —dijo mi hermana—. Eso no puede ser todo. Señor Halpern, ¿está seguro de que eso es todo…?
Brandon intervino con una calidez reconfortante.
—Seguro que es lo que mamá y papá querían. Jennifer, lo entiendes, ¿verdad? Ya sabes cómo eran. Justos a su manera.
Lo miré. Él sostuvo mi mirada un instante más de lo debido.
——Está bien —dije.
El señor Halpern cerró la carpeta y me lanzó una mirada cautelosa que no supe descifrar del todo. Parecía querer decirme algo, pero al final no lo hizo.
—Si tienen alguna pregunta —dijo—, mi despacho siempre está abierto.
—Creo que está todo claro —dijo Brandon, poniéndose en pie—. Gracias, señor Halpern.
Nicole seguía aferrada a mi rodilla. Notaba que intentaba contenerse.
—Jen —susurró.
—Estoy bien.
—Lo estaré. —Yo también me levanté y me alisé la falda, pues necesitaba hacer algo con las manos—. Señor Halpern, gracias. Ha sido muy exhaustivo.
El abogado me miró como si hubiera dicho algo valiente.
—Cuídate, Jennifer.
***
Ya en la acera, Brandon me sujetó por el codo con una delicadeza que me pareció fingida.
—Oye. —Si necesitas a alguien que te escuche, aquí estoy.
—Qué generoso.
La palabra «familia» provocó una sensación pequeña y fría en mi estómago. Trece años de notas en la fiambrera y ahora me ofrecían un vale.
—Tengo planes —dije.
—No tienes planes.
—Ahora sí.
Nathan permanecía a unos pasos de distancia, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa. Evitaba mirarme a los ojos.
Nicole ya me acompañaba hacia el coche.
***
Conduje hasta una cafetería y pedí un café que nunca llegué a probar. Aun así, la camarera se acercó dos veces para ofrecerme rellenarlo, como hacen quienes trabajan en el servicio cuando notan que algo pasa.
No dejaba de repasar mentalmente todas las notas que mamá había metido en mi fiambrera. El apodo ridículo que papá usaba conmigo. Cada Día de Acción de Gracias en el que me sentaba a la mesa de mis padres y pensaba: «Sí, esto es mío. Por fin esto es mío».
Me pregunté si me lo había inventado todo.
Me pregunté si un amor tan generoso había sido realmente mío alguna vez, o si yo no había sido más que una invitada silenciosa y duradera que olvidó marcharse.
Levanté la vista hacia la camarera. Tenía una mirada amable y una placa con el nombre «Dolores».
—No, gracias.
—¿Segura? Es de arándanos. Mi hija dice que sabe a abrazo.
Me eché a reír. La risa sonó entrecortada, pero salió.
—Quizás la próxima vez.
***
El funeral tuvo lugar a la mañana siguiente en el cementerio. Primos a los que no veía desde que tenía quince años. Tías abuelas con sombreros enormes. Alguien llevó una cazuela hasta la tumba; un gesto muy propio de mamá.