—No se preocupe, señor gris. Ahorita lo arreglo.
En ese instante Elena entró con una charola, vio el rostro de su patrón y soltó un grito ahogado.
—¡Sofía!
La niña volteó orgullosa.
—Le estoy poniendo color, mami. Estaba dormido triste.
Rodrigo abrió los ojos.
Y Elena entendió que, en esa casa donde todo tenía precio, su hija acababa de tocar lo único que nadie se atrevía a mirar.
¿Qué harías tú si fueras Elena: pedir perdón, defender a tu hija o renunciar antes de que la humillen más?