PARTE 1
—Si pierdes esta partida, tu agencia tendrá que convertir en modelo a la primera mujer sin hogar que encontremos al salir.
La frase de Mauricio Cárdenas resonó en el salón privado del Club Imperial, en Lomas de Chapultepec. Adrián Valdés, dueño de una prestigiosa agencia de modelos de la Ciudad de México, sostuvo el taco con una sonrisa tensa.
—El talento no pregunta cuánto dinero tiene alguien en el banco —respondió.
—Entonces demuéstralo —insistió Mauricio—. Dos semanas de preparación y la subes a tu desfile de Reforma.
Tomás Urrutia, influencer y socio ocasional de ambos, dejó su celular junto a una copa. La cámara estaba encendida, aunque Adrián no lo notó.
Adrián ganó las dos primeras partidas. En la última le quedaba un tiro sencillo, pero Mauricio murmuró el nombre de Renata Soria, la modelo estrella de la agencia, y él golpeó con demasiada fuerza. La bola rebotó. Mauricio aprovechó y ganó.
Minutos después, los tres salieron por la puerta de servicio. Junto a unos contenedores, una mujer alta, cubierta con una chamarra desgastada, esperaba a que un empleado dejara dos cajas con pan empacado. Tomó varias piezas y guardó la mitad en una bolsa.
—Qué suerte —dijo Mauricio—. Ya encontramos a la nueva estrella.
La mujer levantó la cabeza. Tenía el rostro cansado, pero la mirada firme.
—Busquen otra diversión.
—Te pagamos por caminar sobre una pasarela —añadió Tomás—. La gente se va a entretener.
Ella lo miró con un desprecio que hizo callar hasta al guardia.
—No sabía que los hombres ricos se aburrían tanto.
Adrián sintió vergüenza. Le ofreció su tarjeta y explicó que habría contrato, sueldo, hospedaje, comida, atención médica y derecho a retirarse cuando quisiera.
—¿Y después presumirán que limpiaron a una indigente? —preguntó ella.
—No permitiré que nadie la convierta en un chiste.
—Ya empezaron haciéndolo.
Antes de irse, la mujer le dio la mitad del pan a una anciana que se acercó desde la calle.
—Me llamo Camila Ortega —dijo al fin—. Iré mañana a leer el contrato. Eso no significa que aceptaré.
A la mañana siguiente apareció en Valdés Models, en Polanco. Revisó cada cláusula con una abogada y firmó solo después de exigir que nadie usara su historia sin permiso.
Rebeca Salgado, la entrenadora de pasarela, casi renunció cuando supo que todo había comenzado por una apuesta. Sin embargo, al pedirle a Camila que caminara por el estudio, descubrió algo inesperado: su postura era precisa, sus giros limpios y su cuerpo conservaba la memoria de años de ballet.
—¿Dónde aprendiste? —preguntó Rebeca.
—En una academia de Coyoacán. Dejé de ir cuando murieron mis padres.
Durante la primera sesión, Camila caminó descalza. No sabía posar, no conocía reglas y desconfiaba de todos, pero cuando la música llenó el salón, dejó de parecer una mujer escondida detrás de una chamarra.
El fotógrafo tomó tres imágenes. En la última, Camila miraba a la cámara como si ya no pidiera permiso para existir.
Entonces comenzaron a vibrar los teléfonos.
Tomás había publicado el video de la apuesta. El montaje mostraba a Adrián aceptando “convertir a una indigente en modelo” y a Camila recogiendo pan junto a la basura. En menos de una hora, patrocinadores amenazaron con retirarse y miles acusaron a la agencia de humillarla.
Camila vio su rostro en la pantalla y palideció.
—Usted prometió que no habría cámaras.
Tomó su chamarra y salió del estudio mientras todos intentaban detener el escándalo.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…