El dueño de una famosa agencia perdió una apuesta y llevó al desfile a una mujer que recogía pan junto a la basura. “Cuando termine esto, volverás a la calle”, le advirtió el familiar que años antes la había expulsado de casa. Ella solo llamó a su abogado, abrió un expediente con cuatro propiedades ocultas y esperó a que comenzara la pasarela.

El dueño de una famosa agencia perdió una apuesta y llevó al desfile a una mujer que recogía pan junto a la basura. “Cuando termine esto, volverás a la calle”, le advirtió el familiar que años antes la había expulsado de casa. Ella solo llamó a su abogado, abrió un expediente con cuatro propiedades ocultas y esperó a que comenzara la pasarela.

PARTE 2

Camila pasó la noche encerrada en la habitación que la agencia había rentado para ella. A las seis de la mañana volvió a Polanco por decisión propia.

—No me voy a ir para facilitarles la vida —le dijo a Adrián—. Si quieren sacarme, tendrán que hacerlo de frente.

El examen médico reveló desnutrición, anemia leve y una vieja lesión en el tobillo. Rebeca redujo las sesiones y prohibió que Camila fingiera estar bien.

—Callarte cuando algo duele no te hace profesional.

Los entrenamientos fueron brutales. Camila tenía elegancia, pero su formación de ballet volvía cada movimiento demasiado delicado. Se caía con los tacones, se levantaba antes de que alguien la tocara y anotaba sus errores en una libreta.

Renata Soria, la modelo principal, la trataba como una invasora.

—Una foto afortunada no te convierte en una de nosotras.

—No quiero ser una de ustedes. Solo quiero que nadie vuelva a decidir por mí.

Tres días después desaparecieron sus zapatos. Los encontraron escondidos detrás de unas cajas. Renata fingió sorpresa, pero Rebeca ordenó revisar las cámaras.

Mientras tanto, Elena Villarreal, diseñadora del desfile, llegó furiosa. La prensa hablaba de Camila y no de la colección en la que había trabajado un año. Estuvo a punto de exigir su salida, pero le pidió probarse un vestido gris oscuro.

Cuando Camila apareció, el salón quedó en silencio. La prenda no la hacía parecer rica; la hacía parecer invencible.

—Un look a mitad del desfile —decidió Elena.

Esa tarde, la periodista Lucía Alcázar pidió entrevistarla. Camila contó que, después de la muerte de sus padres, su tío Rogelio Ortega quedó como tutor y administrador de sus bienes.

Rogelio le aseguró que la constructora familiar estaba en quiebra, que la casa de Coyoacán se vendió para pagar deudas y que la residencia de Valle de Bravo se había perdido. Al cumplir dieciocho años, la hizo firmar papeles que supuestamente eran trámites médicos. Meses después, su esposa Mónica la acusó de robar joyas y la echaron.

Lucía la contactó con Daniel Zamora, abogado de herencias. Dos días después, él regresó con registros públicos: la casa de Valle de Bravo había pasado por empresas relacionadas con Rogelio; la constructora había generado ganancias, y una indemnización por la parte de Camila fue depositada en una cuenta desconocida y transferida el mismo día a una empresa de su tío.

El teléfono sonó.

—Te doy dinero para un departamento si desapareces del desfile y olvidas la herencia —ordenó Rogelio.

Camila activó el altavoz.

—¿Dónde está la casa de mis padres?

—Todo está legal. Tú firmaste.

—Entonces, ¿por qué quieres comprar mi silencio?

Rogelio colgó después de amenazar con publicar que ella era drogadicta y ladrona.

Camila quiso abandonar el desfile, pero Adrián se negó a presionarla.

—Quiero que te quedes, pero la decisión es tuya.

—Toda mi vida otros decidieron cuándo debía irme. Esta vez yo voy a salir a esa pasarela.

La noche anterior al evento, una cámara captó a Renata entrando al vestuario con unas tijeras. A la mañana siguiente, el vestido final apareció cortado por dentro. Y cuando faltaban veinte minutos para abrir las puertas, Rogelio Ortega entró al recinto con una invitación en la mano.

Camila lo vio acercarse sonriendo y comprendió que el verdadero desastre todavía no había comenzado.