**Una corneja llevaba cada día una flor a la tumba de una mujer olvidada**

**Una corneja llevaba cada día una flor a la tumba de una mujer olvidada**

Sara permaneció unos instantes con la mirada perdida en el vacío, como si intentara encontrar la fuerza para pronunciar unos recuerdos que había ocultado durante años.

—Sofia no estaba sola —dijo finalmente—. Todo el mundo creía eso. Pero tenía una familia… una que había elegido por sí misma.

Martin frunció el ceño.

—¿Qué clase de familia?

—Las aves.

La anciana sonrió con tristeza.

—Hace más de veinte años, detrás de su casa había un viejo roble. Una primavera, una tormenta derribó un nido de cuervos. Tres crías murieron y solo una sobrevivió. Sofia la encontró casi congelada y la llevó a casa.

Martin escuchaba sin pronunciar una sola palabra.

—La alimentó con sus propias manos, le preparó un refugio dentro de una caja y la cuidó durante meses. Todos le decían que solo era un ave y que debería dejarla en paz. Pero ella siempre respondía lo mismo: «Si puedo salvarle la vida y no lo hago, entonces ¿quién lo hará?»

Sara se secó discretamente los ojos.

—Cuando el cuervo creció, Sofia abrió de par en par la ventana y lo dejó marchar. No quería mantenerlo encerrado. Creía que el verdadero amor no significa poseer a alguien.

—¿Y el ave?

—Nunca se fue del todo. Cada día regresaba. Se posaba sobre la valla, y Sofia le dejaba agua y algunas semillas. A veces permanecían juntas durante horas, sin decir una sola palabra. Los vecinos se burlaban de ella y decían que hablaba con los pájaros.

Martin comenzaba a comprender.

—¿El cuervo de ahora es el mismo?

Sara negó lentamente con la cabeza.

—No puedo decirlo con certeza. Los cuervos viven muchos años. Pero, aunque no sea el mismo, sabemos que enseñan a sus crías y a otros miembros de la bandada a reconocer a las personas y los lugares importantes. Tal vez este vínculo haya pasado de una generación a otra.

Al día siguiente, Martin regresó a la casa abandonada. El patio estaba cubierto de maleza, pero detrás de la casa descubrió algo que lo impresionó.

Bajo el viejo roble había decenas de pequeñas piedras, trozos de vidrio de colores, tapas metálicas y objetos brillantes, todos reunidos en un mismo lugar.

Entre ellos había también una fotografía amarillenta por el paso del tiempo.

Después de limpiarla cuidadosamente, vio el rostro de una mujer que sonreía, mientras un cuervo estaba posado sobre su hombro.

Ya no tenía ninguna duda.