Corría porque la pesadilla dentro de aquella mansión todavía tenía manos, dinero, hombres buscándola… y una voz capaz de destruirla.
Entre los árboles, una linterna atravesó la tormenta.
Camila dejó escapar un jadeo ahogado.
Entonces escuchó que alguien gritaba su nombre.
No con preocupación.
Sino con posesión.
—¡Camila! ¡Regresa ahora mismo antes de que empeores las cosas!
Verónica Montemayor jamás levantaba la voz a menos que hubiera perdido el control. Y esa noche, Camila acababa de arruinar el negocio más importante de toda su vida.
Todo porque se había negado a convertirse en moneda de cambio.
Una hora antes, Verónica había sonreído frente a los invitados de la fiesta, acomodado con delicadeza el collar de diamantes sobre el cuello de Camila y susurrado que el señor Salvatierra era un hombre poderoso, lo suficientemente rico como para salvar la empresa familiar.
Después la empujó hacia una habitación del segundo piso, cerró la puerta desde afuera y la dejó sola con un hombre viejo, repugnante y lo bastante rico como para comprar silencios.
Cuando Camila intentó resistirse, Verónica la golpeó tan fuerte que todo el cuarto comenzó a girar.
Cuando empezó a llorar, su madrastra le dijo que las mujeres agradecidas aprendían a guardar silencio.
Y cuando el anciano se acercó lentamente hacia la cama, Camila vio la pequeña ventana del baño.
No pensó.
Simplemente corrió.
Ahora la tormenta devoraba sus gritos mientras llegaba tambaleándose a una carretera casi vacía.
De pronto, dos luces aparecieron entre la oscuridad.
Un automóvil negro salió de la lluvia, elegante y silencioso, avanzando a gran velocidad sobre el asfalto mojado.
Camila se colocó en medio de la carretera y levantó ambas manos.
—¡Por favor… deténgase… por favor!
Los frenos chirriaron violentamente.
El vehículo derrapó unos metros antes de detenerse tan cerca de ella que pudo sentir el calor del motor contra sus piernas heladas.
Durante un segundo eterno, nadie se movió.
Entonces Camila corrió hacia la ventana del copiloto y golpeó el vidrio desesperadamente.
—¡Ayúdeme! ¡Se lo suplico! ¡No me deje aquí!
Dentro del automóvil, Alejandro Carranza levantó la mirada desde el asiento trasero.
No era el tipo de hombre que abría la puerta a los problemas.
Era el tipo de hombre al que otros obedecían sin cuestionar.
Su traje italiano permanecía impecablemente seco. Su expresión era fría e imposible de leer. El reflejo azul de su teléfono iluminaba apenas sus ojos oscuros después de terminar una llamada importante.
Pero la joven empapada frente a él no parecía una estafa.
Parecía alguien que acababa de gastar el último milagro que le quedaba.
La mirada de Alejandro recorrió lentamente el rostro golpeado de Camila, sus pies descalzos y el camino oscuro detrás de ella, donde una linterna se acercaba cada vez más.
Su voz fue baja y tranquila.
—Ábranle la puerta.
El chofer dudó apenas un instante antes de desbloquear el seguro.
Camila subió al asiento trasero sin siquiera preguntar quién era aquel hombre.
El calor del cuero, el aroma elegante del perfume masculino y el silencio lujoso del automóvil la envolvieron como otro universo completamente distinto al suyo. Se encogió en una esquina, temblando tanto que sus dientes chocaban entre sí.
El coche arrancó nuevamente.
Solo cuando las luces de la mansión desaparecieron detrás de la lluvia logró respirar un poco.
—No pueden encontrarme… —susurró abrazándose a sí misma—. Si me llevan de regreso… ella me destruirá.
Alejandro se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros. Sus dedos rozaron el brazo helado de la muchacha y algo oscuro tensó su mandíbula.
—¿Quién va a destruirte?
Camila cerró los ojos, pero las lágrimas escaparon de todos modos.
—Mi madrastra… intentó entregarme esta noche a uno de sus socios. Dice que le debo todo. Que después de todo el dinero que gastó criándome… mi cuerpo es lo único útil que me queda.
El automóvil quedó completamente en silencio.
Incluso las manos del chofer se tensaron sobre el volante.
Camila tragó saliva con dificultad.
—Cuando me negué… me golpeó. Me encerró con él. Escapé por la ventana del baño. No tengo teléfono. No tengo zapatos… ni siquiera sé dónde estoy.
Alejandro la observó largamente.
Y detrás de aquellos ojos tranquilos apareció algo peligrosamente frío.
Afuera, un relámpago iluminó el cielo de Monterrey.
En el espejo lateral apareció una camioneta negra saliendo del mismo camino de tierra y acelerando detrás de ellos.
Camila la vio.
La sangre se le congeló.
—Son ellos… —susurró aterrada.
Las luces de la camioneta se acercaban cada vez más.
Alejandro se inclinó hacia adelante y habló con una calma mucho más aterradora que cualquier grito.
—No tomes la avenida principal.
Luego miró directamente a Camila.
—Agáchate.
Ella obedeció de inmediato, abrazando el abrigo contra su pecho. Pero entonces sus ojos se detuvieron en un detalle que hizo que el estómago se le hundiera.
Antes de apagarse, la pantalla del teléfono de Alejandro mostró el nombre de la última persona que lo había llamado.
Verónica Montemayor.
Alejandro notó exactamente hacia dónde estaba mirando.
La camioneta detrás de ellos aceleró aún más.
Y antes de que Camila pudiera gritar… antes siquiera de alcanzar la puerta del auto… Alejandro dijo unas palabras que le hicieron comprender que quizá no había escapado realmente de aquella mansión.
Tal vez solo había caído directamente en algo mucho peor…
Alejandro sostuvo la mirada de Camila durante unos segundos que parecieron eternos.
Después dijo, con una calma aterradora:
—Conozco a Verónica Montemayor.
El corazón de Camila se detuvo.
La lluvia golpeaba las ventanas del automóvil mientras la camioneta negra detrás de ellos aceleraba peligrosamente.
—¿Qué… qué dijo? —susurró ella, retrocediendo hasta pegarse contra la puerta.
Alejandro no apartó la mirada.
—Tu madrastra me llamó hace veinte minutos. Me pidió ayuda para encontrarte.
Camila sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
No.
No podía ser.
Había escapado de una jaula para entrar en otra.
Sus dedos temblaron mientras buscaba desesperadamente la manija de la puerta.
—Déjeme salir…
Alejandro reaccionó de inmediato y atrapó suavemente su muñeca.
No con violencia.
Pero sí con firmeza.
—Si sales ahora, ellos te encontrarán antes de que pongas un pie en la carretera.
—¡Usted trabaja para ella!
—No.
Aquella sola palabra fue tan fría que Camila dejó de moverse.
Alejandro soltó lentamente su mano.
—Verónica me pidió que la ayudara a cerrar un trato esta noche. Pero no sabía que el “trato” eras tú.
La camioneta negra apareció más cerca, pegándose al automóvil.
El chofer maldijo entre dientes.
—Señor Carranza, vienen armados.
Camila se quedó helada.
Alejandro miró por el espejo lateral y luego volvió a verla.
—Escúchame bien. Si quisiera entregarte, ya lo habría hecho.
—Entonces ¿por qué ella lo llamó?
Una sombra oscura cruzó el rostro de Alejandro.
—Porque su empresa está endeudada con la mía.
Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Carranza.
Ahora entendía por qué aquel apellido le resultaba familiar.
Grupo Carranza era uno de los conglomerados empresariales más poderosos de México. Hoteles, constructoras, bancos, medios de comunicación… prácticamente media Monterrey dependía de ellos.
Y Alejandro Carranza era el hombre más temido de todos.
Decían que jamás perdonaba una traición.
Que nunca ayudaba a nadie sin obtener algo a cambio.
La camioneta intentó rebasarlos violentamente.
El chofer giró bruscamente el volante.
Camila soltó un grito ahogado.
—¡Sujétate! —ordenó Alejandro.
Las ruedas derraparon sobre el pavimento mojado mientras el automóvil abandonaba la carretera principal y se internaba en una avenida oscura rodeada de árboles.
Los hombres de la camioneta seguían detrás de ellos.
Entonces sonó el teléfono de Alejandro.
Él observó la pantalla unos segundos.
Verónica Montemayor.
Contestó.
—La encontraste —dijo la voz fría de Verónica al otro lado—. Sabía que terminaría cruzándose contigo.
Camila sintió náuseas al escucharla.
Alejandro permaneció en silencio.
Verónica continuó:
—No compliques las cosas, Alejandro. La muchacha ya me pertenece.
Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas.
Alejandro habló finalmente.
Y cada palabra salió más helada que la tormenta.
—Las personas no pertenecen a nadie.
Hubo un silencio breve.
Luego Verónica soltó una risa amarga.
—No te hagas el héroe. Tú y yo sabemos cómo funciona este mundo. Su padre me dejó una montaña de deudas antes de morir. Yo la crié. Invertí años en ella. Es momento de que devuelva el favor.
Camila sintió que el pecho le ardía.
Su padre.
El único hombre que alguna vez la había amado de verdad.
Había muerto cuando ella tenía quince años, dejándola sola bajo el control de Verónica.
Alejandro observó a Camila mientras hablaba.
Y por primera vez, algo parecido a furia apareció detrás de sus ojos.
—Escúchame bien, Verónica —dijo lentamente—. Si vuelves a acercarte a ella… voy a destruirte.
La llamada terminó.
Dentro del automóvil quedó un silencio sofocante.
Camila no entendía nada.
¿Por qué aquel hombre estaba ayudándola?
¿Por qué alguien como Alejandro Carranza arriesgaría una guerra empresarial por una desconocida?
Entonces el automóvil finalmente salió de la persecución y entró a una propiedad gigantesca protegida por altos portones negros.
La mansión Carranza.
Las puertas se cerraron detrás de ellos.
Y por primera vez esa noche… Camila estuvo a salvo.
O eso creyó.
Durante los días siguientes, Camila permaneció en la mansión Carranza como si estuviera viviendo dentro de un sueño extraño.
Le dieron ropa limpia.
Una habitación enorme con vista a la ciudad.
Comida caliente.
Silencio.