ctura imposible.
Me ayudaba a vestirme, siempre pidiéndome permiso primero.
Me cargaba cuando era necesario, como si no pesara nada.
Reordenaba mis estantes alfabéticamente solo porque se lo pedía.
Y por las tardes, me leía.
Keats.
Shakespeare.
Milton.
Su voz envolvía la poesía como si hubiera esperado toda una vida para ser escuchada.
Empecé a pasar tiempo en la fragua.
Me enseñó a martillar.
A dar forma al hierro.
Mis piernas no funcionaban, pero mis brazos sí.
La primera vez que doblé metal con mis propias manos, empapada en sudor y riendo a pesar de mí misma, me miró como si fuera un milagro
Se la consideró no apta para el matrimonio.