Contesté una.
—¿Te llevaste el proyecto de Londres?
—No me llevé nada.
—¡Es nuestro contrato más importante!
—Entonces deberías haber pensado en eso antes de humillar a la persona que lo dirigía.
—Emily, vuelve. Podemos separar lo profesional de lo personal.
Solté una pequeña risa.
—Eso intenté hacer.
—Hasta que me golpeaste delante de mi propio equipo.
Silencio.
Después dijo:
—Despediré a Vanessa.
—No me interesa.
Aquello lo asustó.
—¿Cómo que no te interesa?
—Porque ya no estoy compitiendo con ella.
Colgué.
Una semana después estaba en el aeropuerto.
Mi vuelo salía en cuarenta minutos.
Entonces alguien gritó mi nombre.
Ethan atravesó el vestíbulo corriendo.
Tenía el cabello desordenado y la corbata torcida.
Nunca lo había visto así.
Se plantó delante de mí.
—No puedes irte.
—Sí puedo.
—Dieciocho años, Emily.
Sus ojos estaban rojos.
—¿De verdad vas a tirar dieciocho años solo porque te di una bofetada?
Lo miré.
—Sí.
Su rostro se quebró.
—Precisamente porque me golpeaste.
Intentó tomar mi mano.
Retrocedí.
—No fue solo el golpe.
—Fue que te reíste conmigo durante años y después permitiste que otros se rieran de mí.
—Fue que dejaste de defenderme.
—Fue que empezaste a disfrutar humillándome para impresionar a otra mujer.
Ethan negó desesperadamente.
—No estoy enamorado de Vanessa.
—Eso ya no importa.
—¡Entonces dime qué tengo que hacer!
Miré la puerta de embarque.
—Nada.
—Emily…
—Lo que necesitaba que hicieras era no levantarme la mano.
No existe forma de arreglar eso después.
La llamada de embarque sonó.
Tomé mi maleta.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Volverás?
Lo pensé durante un segundo.
—Quizá algún día.
Sus ojos se iluminaron.
Terminé la frase.
—Pero no por ti.
Caminé hacia seguridad.
No miré atrás.
Tres meses después, Caldwell Industries perdió el contrato europeo.
Vanessa fue despedida después de que una investigación interna revelara varias irregularidades en sus informes.
Ethan dejó de escribirme.
Hasta que una mañana recibí un sobre desde Estados Unidos.
Dentro estaba mi viejo termo de Hello Kitty.
El mismo del que todos se habían burlado.
Y una nota escrita por Ethan:

“Debí defender las cosas que te hacían ser tú.”
Miré el termo durante varios segundos.
Después lo coloqué sobre mi nuevo escritorio en Londres.
No porque lo hubiera perdonado.
Sino porque nunca había sido vergonzoso.
La única cosa vergonzosa había sido pasar tantos años reduciéndome para que un hombre pudiera sentirse más grande.