PARTE 2
Camila fingió no notar el miedo repentino en los ojos de Diego, pero durante toda la noche no pudo dejar de pensar en esas camionetas.
Él durmió en el sofá de su departamento diminuto, con una cobija limpia que ella le prestó. No intentó acercarse, no hizo preguntas incómodas, no se aprovechó de la situación.
Eso la confundió más.
Al día siguiente viajaron al pueblo de su abuela, cerca de Atlixco, Puebla. Camila le prestó ropa de su hermano: camisa blanca, pantalón oscuro y unos zapatos que le quedaban un poco grandes.
Pero cuando Diego se bañó, se afeitó y se peinó, algo cambió.
Ya no parecía un hombre de la calle.
Parecía alguien que estaba tratando de esconder lo que realmente era.
La casa de doña Lupita olía a café de olla, pan dulce y flores frescas. Había globos, manteles de plástico, primos corriendo por el patio y tías chismosas mirando a Diego como si fuera el capítulo más interesante del día.
—Así que tú eres el esposo —dijo la mamá de Camila, llorando de emoción—. Pasa, hijo. Mi mamá te está esperando.
Doña Lupita estaba sentada junto a la ventana, envuelta en un rebozo. Su cuerpo se veía frágil, pero sus ojos seguían vivos.
Cuando Diego entró, la anciana se quedó quieta.
—Esos ojos… —murmuró.
Camila sintió un nudo en la garganta.
—Abuela, él es Diego. Mi esposo.
Doña Lupita tomó la mano de Diego y lo observó largo rato.
—Yo te he visto antes, muchacho.
Diego sonrió con respeto.
—Tal vez en otra vida, señora.
—No —dijo ella—. En las noticias.
El comedor quedó en silencio.
Camila apretó los dedos contra su vestido.
—Abuela, seguro te confundiste.
La anciana no insistió. Solo miró a Diego con una mezcla de ternura y sospecha.
—No sé quién seas, hijo. Pero si lastimas a mi niña, ni Diosito te salva de mí.
Todos rieron, menos Diego.
Durante la comida, él se ganó a la familia. Sirvió refresco a las tías, ayudó a cargar platos, habló con los primos sin hacerse el importante y hasta hizo reír a doña Lupita diciendo que las enchiladas de Camila podían despertar muertos o mandar vivos al hospital.
Camila lo miraba de reojo.
La mentira empezaba a sentirse demasiado cómoda.
Al final de la tarde, doña Lupita pidió quedarse a solas con ellos.
—Camila —dijo con voz débil—, no importa si esto empezó raro. A veces Dios manda a la gente envuelta en harapos para ver si uno todavía sabe mirar con el corazón.
Camila sintió ganas de llorar.
Diego bajó la cabeza.
—Señora, yo no merezco tanta confianza.
—Entonces gánatela.
Esa frase se le clavó.
De regreso a la Ciudad de México, ninguno habló mucho. En el departamento, prepararon huevos con frijoles porque no había dinero para más. Diego lavó los platos sin que ella se lo pidiera.
Cerca de la medianoche quedaron frente a la ventana.
La ciudad brillaba abajo, enorme, indiferente.
Diego se acercó. Camila no se apartó. Sus labios estuvieron a nada de tocarse.
Pero ella bajó la mirada.
—No puedo.
—Todavía no —respondió él.
No sonó dolido. Sonó paciente.
A la mañana siguiente, Camila despertó con una voz baja saliendo del balcón.
Era Diego hablando por teléfono.
—Marcos ya movió otros 12 millones. Necesito la grabación de la junta. No puedo aparecer todavía. Si me encuentran antes de tener pruebas, me hunden.
Camila se quedó paralizada detrás de la puerta.
—No, Thomas. Nadie sabe dónde estoy. Solo una mujer… pero ella no tiene nada que ver con esto.
Camila retrocedió con el corazón golpeándole las costillas.
Cuando Diego salió a comprar pan, ella encendió la televisión con manos temblorosas.
En un noticiero apareció el rostro de él.
No con barba ni camisa prestada.
Apareció de traje, rodeado de cámaras, bajando de una camioneta de lujo.
El cintillo decía:
“Continúa la búsqueda de Diego Santillán, heredero desaparecido del Grupo Santillán, investigado por fraude millonario”.
Camila sintió que el mundo se le volteaba.
El hombre que dormía en su sala no era un indigente.
Era un millonario desaparecido.
Y quizá un delincuente.
Cuando Diego volvió, la encontró sentada frente a la televisión apagada.
—¿Desde cuándo me estás usando? —preguntó ella.
Él dejó la bolsa de pan sobre la mesa.
—Camila…
—No me hables bonito. Ya vi quién eres.
Diego cerró los ojos.
—Me llamo Diego Santillán. Mi socio, Marcos Beltrán, robó dinero de la empresa familiar y falsificó mi firma. Cuando descubrí todo, intentó culparme. Si me entregaba sin pruebas, terminaba en la cárcel.
—¿Y por eso decidiste vivir en la calle?
—Era el único lugar donde nadie buscaba a un empresario.
Camila soltó una risa rota.
—Qué conveniente. Y luego apareció una mesera ingenua que te daba comida gratis.
—No.
—¿También casarte conmigo fue parte del plan?
—No. Eso fue lo único que no planeé.
Ella se levantó.
—Entraste a mi casa. Conociste a mi abuela. Me viste romperme por Rodrigo. Y aun así me mentiste.
—Tenía miedo.
—Yo también. Pero no por eso juego con la vida de la gente.
Diego bajó la mirada.
—Me enamoré de ti, Camila.
Ella lloró de rabia.
—No uses esa palabra para tapar tus mentiras.
—Es verdad.
—Entonces vete.
Diego no discutió. Tomó su chamarra vieja, la misma con la que ella lo había conocido, y salió.
Durante 2 semanas, Camila intentó volver a ser la de antes.
Servía mesas, sonreía a clientes groseros, escuchaba a sus compañeras hablar de novelas y fingía que no revisaba las noticias cada noche.
Hasta que una tarde Rodrigo entró a la fonda.
Iba bien vestido, perfumado, con esa sonrisa de hombre que cree que siempre gana.