PARTE 3 — LA PERSONA A LA QUE NUNCA OLVIDÓ
Durante el vuelo, Alexander tuvo unos segundos para pensar.
Desde aquella altura, las carreteras parecían pequeñas líneas y las casas parecían diminutas.
Pero sus recuerdos seguían siendo enormes.
Recordó las noches estudiando.
Recordó los trabajos que había tenido que realizar para pagar su formación.
Recordó los momentos en que había visto a otros avanzar mientras él sentía que iba demasiado lento.
Y recordó especialmente una conversación con su madre.
Había ocurrido años atrás.
Alexander estaba frustrado.
—Quizá esto no es para mí.
Su madre lo miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no tenemos dinero suficiente. Hay personas que tienen todo más fácil que yo.
Ella se acercó y le respondió:
—Puede que no podamos darte todo lo que necesitas, pero nunca vamos a quitarte las ganas de intentarlo.
Alexander nunca olvidó aquella frase.
Porque su familia no pudo comprarle el sueño.
Pero le dieron algo que para él valía mucho más:
la confianza para perseguirlo.
Por eso, cuando terminó aquel primer vuelo, no pensó primero en el dinero.
No pensó en el uniforme.
No pensó en las fotografías.
Pensó en su madre.
La llamó apenas tuvo oportunidad.
—Mamá.
—¿Cómo salió?
Alexander sonrió.
—Volé.
Ella comenzó a llorar.
—¿Estás llorando?
—No —respondió ella intentando reír—. Es que hay algo en mi ojo.
Alexander soltó una carcajada.
—Claro, mamá.
Hubo un pequeño silencio.
Después ella dijo:
—Estoy orgullosa de ti.
Aquellas cuatro palabras significaron más para Alexander que cualquier reconocimiento.
Porque sabía todo lo que había detrás de ellas.
A partir de ese día, comenzó una nueva etapa.
Pero Alexander no quería olvidar de dónde venía.
Cada vez que conocía a un joven que le decía que quería convertirse en piloto, trataba de escucharlo.
Y cuando alguien le decía:
“No creo que pueda hacerlo.”
Alexander respondía:
—Yo también pensé eso muchas veces.
—¿Y qué hiciste?
—Seguí.
No prometía que sería fácil.
No decía que bastaba con desear algo.
Les explicaba que los sueños necesitan preparación, disciplina, paciencia y trabajo.
Pero también les decía algo que había aprendido de su propia experiencia:
No permitas que alguien decida por ti que tu sueño es demasiado grande.
Porque Alexander sabía perfectamente lo que significaba empezar desde abajo.
Él había sido aquel niño que solo podía mirar.
Y ahora podía contar su propia historia desde la cabina.