Mauricio no le dio tiempo de reaccionar.
—¡Entretén a los invitados! —gritó, y la empujó con ambas manos.
Mariana cayó de espaldas. El agua helada le cortó la respiración. Cuando logró salir a la superficie, escuchó las carcajadas.
Su suegra aplaudía. El tío Rogelio grababa con el teléfono. Uno de los primos fingió tenderle la mano, pero la retiró justo cuando Mariana intentó sujetarse.
Ella consiguió salir sola. Tenía el labio partido y el vestido pegado al cuerpo. Miró a Mauricio esperando encontrar una sombra de arrepentimiento.
Él sonreía.
—Ya se te bajó lo mandona —dijo.
En ese instante, algo se apagó dentro de ella. Subió a una habitación, se cambió y llamó a su madre.
—Mamá, ven por mí. Trae la carpeta azul que guardé en tu casa.
—¿Te hizo algo?
—Sí. Pero ya se terminó.
Quince minutos después, mientras los invitados retomaban la fiesta, una camioneta negra entró al jardín. De ella bajaron Elena, la madre de Mariana; Karla, su asistente, y un hombre de traje que Mauricio reconoció: Julián Montalvo, director del hotel con el que Mariana esperaba cerrar un contrato.
Karla había llamado a Elena al no poder comunicarse con su jefa. Julián, que iba rumbo a Toluca y necesitaba las firmas esa tarde, aceptó pasar por la casa.
Al ver a Mariana con el labio hinchado, preguntó qué había ocurrido.
—Un accidente familiar —respondió ella, mirando a Mauricio.
Julián abrió su portafolio y colocó el contrato sobre la mesa: un acuerdo anual por dos millones cuatrocientos mil pesos.
Las sonrisas desaparecieron.
—¿Todo eso por pasteles? —murmuró Teresa.
—Por una empresa profesional —corrigió Julián—. Dulce Raíz abastecerá nuestros eventos en tres hoteles.
Mauricio palideció. Nunca había preguntado cuánto facturaba el negocio de su esposa. Le convenía pensar que era un pasatiempo.
Mariana firmó. Después, Elena le entregó la carpeta azul.
—Ya que hablamos de dinero, también debemos hablar de esto.
Sacó estados de cuenta, transferencias y solicitudes de crédito. Durante meses, alguien había retirado dinero de la cuenta conjunta y enviado depósitos a Teresa. Peor aún: tres días antes, se había iniciado un trámite para usar el departamento de Mariana como garantía de un préstamo destinado a comprar el taller del tío Rogelio.
La firma era falsa.
—Yo puedo explicarlo —balbuceó Mauricio.
—Entonces explica por qué usaste mis documentos.
Teresa intervino:
—Era una inversión para la familia.
—Ese departamento es mío desde antes de casarme.
—Una esposa debe compartir lo que tiene.
Mauricio intentó arrebatarle la carpeta.
—No vas a hacer un escándalo por unos papeles.
—Me arrojaste a una alberca, falsificaste mi firma y todavía crees que el escándalo lo estoy haciendo yo.
Entonces Mariana sacó el último documento: el arrendamiento de un local que había pensado regalarle a Mauricio para que abriera su propio taller.
Él lo miró incrédulo.
—¿Eso era para mí?
Mariana rompió la primera hoja.
—Era.
Luego levantó la vista hacia todos.
—Esta noche saldré de aquí, pero mañana un abogado va a descubrir hasta el último peso que me robaron.
Y Mauricio comprendió que la verdad que faltaba por aparecer podía destruir a toda su familia.
PARTE 3