PARTE 2
Nocona se quedó inmóvil, con una mano sobre el cuello de su caballo y la mirada fija en aquella muchacha colgada del álamo.
Sabía que bajarla era meterse una maldición encima. Si los suyos lo veían cargando a una joven mexicana, dirían que había olvidado la sangre de su familia. Si los del pueblo lo descubrían, no le preguntarían nada; lo matarían ahí mismo y luego inventarían una oración para justificarlo.
Pero los dedos de Inés volvieron a moverse.
No era un espasmo de muerte. Era una súplica muda. Una vida agarrándose con las uñas al último hilo de aire.
Nocona desmontó.
Subió con dificultad sobre la montura, se estiró hasta alcanzar la cuerda y la cortó con su cuchillo. El cuerpo de Inés cayó pesado entre sus brazos. Tenía el rostro morado, el cuello marcado, la piel caliente y la respiración raspándole por dentro como piedra.
No había muerto porque el cajón había sido bajo. La caída no le rompió el cuello. Solo la había estrangulado despacio, de la forma más cruel.
Nocona la envolvió en su manta y la llevó por barrancas que ningún hombre de San Miguel del Vado se habría atrevido a cruzar de noche. La escondió en una cueva cubierta por raíces y nopales altos.
Durante 3 días le dio agua con hierbas, caldo de liebre y cataplasmas de corteza. No le hablaba mucho. La cuidaba con coraje, porque cada vez que veía su piel clara recordaba los rifles, el humo y los gritos de sus hijos.
Pero cada vez que Inés respiraba, aunque fuera con dolor, recordaba algo que su esposa le había dicho alguna vez:
—Una vida que todavía pelea no se abandona.
Al cuarto día, Inés abrió los ojos.
Quiso gritar, pero de su garganta salió un sonido roto que la hizo llorar. Vio el cuchillo de Nocona, la fogata, las vendas, el caballo afuera de la cueva. Al principio pensó que había caído en manos del enemigo.
Luego recordó el árbol.
Recordó el aire faltándole.
Recordó al pueblo alejándose.
Y entendió que el hombre al que todos habrían llamado salvaje fue el único que no la dejó morir.
La desconfianza entre los 2 siguió ahí, como una víbora dormida. Él le daba agua sin mirarla demasiado. Ella observaba cada movimiento, lista para correr aunque apenas pudiera ponerse de pie. Pero con los días, el silencio se volvió menos duro.
Inés encontró un pedazo de carbón y empezó a dibujar en una piedra plana. Dibujó el caballo de Nocona, los nopales de la entrada, una pluma tirada junto al fuego.
Cuando él vio los dibujos, no sonrió, pero sus ojos cambiaron.
—Tú miras —dijo en un español áspero.
Ella tocó su propio pecho.
—Y tú escuchaste.
Esa noche, cuando la voz le regresó como un hilo quebrado, Inés le contó todo: el arroyo, el niño muerto, la cruz de madera, la acusación, don Severiano y Romualdo.
Nocona escuchó sin interrumpir.
Al oír el nombre de Severiano Luján, apretó la mandíbula. Él conocía ese apellido. Hombres de Luján habían ofrecido dinero a soldados para expulsar campamentos enteros del valle. También habían enviado mensajes falsos diciendo que los comanches planeaban atacar ranchos, cuando en realidad solo querían moverlos lejos del agua.
—Ese hombre no quiere justicia —murmuró Nocona—. Quiere tierra.
Inés cerró los ojos.
Entonces recordó algo que antes no había entendido.
El día que la acusaron, Romualdo tenía las botas llenas de barro rojo. Pero el lugar donde encontraron a Tomás tenía tierra negra, húmeda, mezclada con estiércol de corral. El barro rojo solo estaba en la cantera vieja de los Luján, al otro lado del cerro.
Tomás no había muerto donde apareció.
Lo habían matado en otro sitio.
Y la habían elegido a ella porque alguien la vio levantar un cuaderno frente a un comanche. Necesitaban una culpable perfecta: una muchacha rara, curiosa, sin marido que la protegiera, con fama de andar sola por el campo.
Inés sintió náusea.
No la habían colgado por traidora.
La habían usado como chispa para prender una guerra.
Durante varias noches, Nocona la guio hasta las lomas cercanas al pueblo. Desde ahí vieron ventanas encendidas, hombres borrachos, perros flacos, guardias dormidos y la oficina de don Severiano en la hacienda.
Inés todavía caminaba débil, con una bufanda cubriéndole el cuello, pero en sus ojos ya no vivía la niña que había subido a dibujar flores. Vivía otra cosa. Dolor, sí. Pero también rabia.
Una madrugada de tormenta, cuando los truenos tapaban cualquier ruido, Nocona e Inés entraron a la hacienda por un balcón trasero. El despacho olía a cuero, tabaco y tinta cara.
Sobre la mesa encontraron mapas del valle marcados con cruces. Había nombres de familias pobres, deudas anotadas, precios de tierras y una lista de hombres disponibles para “defensa del pueblo”.
En un cajón cerrado, Nocona metió el cuchillo y forzó la madera.
Dentro había un cuaderno de piel oscura.
Inés lo abrió con manos temblorosas.
La letra de don Severiano era elegante, limpia, casi bonita. Pero lo que decía era un basurero.
“Romualdo se encargará del niño Gálvez en la cantera. La muchacha Arriaga servirá como prueba de contacto con los indios. El pueblo necesita una mártir y un enemigo. Después del primer ataque, el ejército limpiará el valle. Las aguas quedarán libres para la hacienda”.
Inés sintió que el mundo se doblaba.
Tomás había sido asesinado por un pedazo de tierra.
Ella había sido colgada por una mentira escrita antes de que el niño siquiera muriera.
De pronto escucharon voces en el pasillo.
Don Severiano venía con el alcalde y el sacerdote. Hablaban bajo, pero la puerta entreabierta dejó pasar cada palabra.